miércoles, 16 de septiembre de 2009

Una crisis aguda

La existencia de un medio ambiente sano implica un correcto y equilibrado ciclo natural de materia y energía. Esta circulación se encuentra regida por una serie de leyes que la ordenan, manteniendo una situación más o menos permanente de equilibrio dinámico. El efecto de las actividades humanas sobre el ambiente, y en consecuencia su capacidad para alterar ese orden, está estrechamente vinculado a lo que moderadamente llamamos tecnología.
Hasta la revolución industrial, la capacidad de interacción del hombre sobre su entorno tenía una importancia discreta, limitada por la imposibilidad de movilizar grandes masas de materia y energía. Con el "progreso" de la era industrial avanza también la explotación de la naturaleza a gran escala, con lo que las posibilidades de autorregulación natural comienzan a ponerse seriamente a prueba.
El hombre conoció con mucha más rapidez los métodos y técnicas para explotar la naturaleza que aquellos necesarios para protegerla; aún hoy el crecimiento de la información necesaria para alterarla es más rápido que el indispensable para lograr que el proceso de utilización no altere irreversiblemente y negativamente el equilibrio natural.
De la descripción precedente, resultar la agudización de la crisis conservación-explotación. Donde radican las conocidas contradicciones desarrollo-no desarrollo, tecnología- no tecnología, que superficialmente planteadas sólo conducen a la inmovilidad mientras el proceso de deterioro se dirige irreparable.
Caben dos posibilidades: persistir por acción u omisión en colaborar en el ahondamiento de la crisis, o actuar para invertir este proceso.

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